Mi religión.
Nací y ví durante 18 años largos en el seno de la cultura rural católica cerrada y medrosa. Su emanación, realidad y esencia lo impregnaban todo. Durante mis estudios universitarios fui leyendo, buceando y reflexionando en ideas y principios que no se atenían, precisamente, a la estricta moral católica ni a su monolítica y rígida cosmovisión puritana y excluyente. Poco a poco me fui despojando de esas viejas, raídas y manidas vestimentas mentales para adoptar una moral crecientemente laica, escéptica, rebelde, resueltamente crítica con lo establecido y, al final,agnóstica. Hoy, en 2017, a mis sesenta y un años, he transitado del agnosticismo vacilante y feble al ateísmo decidido más puro y rocoso. Mi nueva religión, mis nuevos templos y santuarios son las bibliotecas, las librerías, los cines, los teatros, los museos y salas de exposiciones de arte,los caminos, los amigos, mi familia, el largo acervo de mis recuerdos y vivencias. Mi credo es la naturaleza y su belleza tranquila o cruel. La música, la pintura, la lectura, la escitura, la poesía, los viajes, las artes en general, son mis nuevos e irrenunciables sacramentos. Sus ritos sencillos, sin aspavientos ni oficiantes engolados o travestidos de trascendencia, me nutren y ocupan mis días, mis horas, mis sedimentarios y multiformes pensamientos diarios. El descubrimiento paulatino de tantos saberes callados y tranquilos que voy rozando y filtrando con la certeza lúcida de lo efímero, transitorio y perecedero. El rumor del tiempo y el espacio y su ineluctable decurso, las adventicias rugosidades de lo contingente, las afiladas cuchilladas de las enfermedades o achaques propios de la edad, las desilusiones, las derrotas, los tropiezos, caídas y reinicios del proceloso e imprevisible camino de la vida, son la música de fondo de mi devenir cotidiano.